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sábado, 15 de febrero de 2014

Un saludo a Homs

Texto original: Al-Quds al-Arabi

Autor: Elías Khoury

Fecha: 10/02/2014





¿Qué es este acuerdo de sacar a los civiles de los barrios antiguos de Homs? Las imágenes que salen de la ciudad apuntan a algo más que un mero escándalo ético: permitir que los hombres de más de 55 años salgan mientras que la caza de asesinato y genocidio continúa.

¿Los suministros de alimentos para la ciudad asediada llegan o no? Nadie lo sabe. ¿Se mantiene el alto el fuego o no? Nadie puede garantizar nada, y la evacuación de ancianos, mujeres y niños puede continuar o no. Pero el colmo del escándalo y la vileza son las aglomeraciones “espontáneas” de shabbiha en los barrios de Akrama y al-Nuzha para impedir la entrada de ayuda humanitaria a la ciudad.

El relato está cubierto de minas, como si la vida se hubiera convertido en pelotas lanzadas de una a otra pierna mientras la gente se convierte en escombros.

Soy incapaz de comentar nada sobre este acuerdo. ¿Esto es lo que ha logrado Ginebra II? ¿Esos son los límites del apoyo que puede ofrecer el mundo a los sirios que viven su nakba en silencio? Esto, amigos, tiene un solo nombre: el asesinato y genocidio del ser humano. Siria ya no es un terreno de guerra impuesta por el régimen para aplastar la revolución, sino que es una plaza donde se comete un genocidio. El viaje de la dictadura desde la matanza de manifestantes pacíficos, pasando por el uso de armas químicas, para llegar a los barriles explosivos no puede recibir más que la denominación de genocidio.

El pequeño Asad ha superado el proyecto de destruir Siria que dejó entrever al inicio de la revolución y ha pasado a la fase de limpieza y genocidio en el sentido literal del término. Lo que vemos hoy en Homs o Alepo es la ejecución práctica de dicho proyecto.

El genocidio es otra manera de llamar al salvajismo: el embrutecimiento de quien aniquila mientras los aniquilados son embrutecidos. Un terreno sin leyes ni ética. Un terreno en que se borran por completo los valores y donde el asesinato se convierte en el medio y el fin a un tiempo.

Los árabes no han vivido nada parecido en tiempos modernos, y nos encontramos ante unos nuevos mogoles que esta vez se apoyan en el régimen represor compuesto, erigido sobre el modelo dictatorial de Corea del Norte: una trinidad formada por la familia, los servicios secretos y la mafia, que logró fundar una dinastía gobernante y que se basa en un único principio: convertir a la gente en esclavos.

El régimen de esclavitud se basa en convertir a la gente en nada: su vida y su muerte no valen nada, y deben estar satisfechos con esa ausencia de valor si no quieren sumarse a los muertos. El régimen se basa en un absoluto sistema de esclavitud, donde no hay libres como en la época de los romanos, que eran quienes explotaban a los esclavos. Todos son esclavos, desde lo más alto de la pirámide a lo más bajo, y por ello no hay lugar para la discusión dentro del régimen. Cuando una voz se levanta, es rápidamente silenciada o desaparece, porque este régimen no puede soportar más que un señor, que pertenece a la familia que lo posee todo.

La Palestina del Norte, Siria, solo puede compararse a Corea del Norte. Un pueblo de esclavos que no deben cesar de agradecer y glorificar a sus señores. Pero si los esclavos se rebelan o elevan sus voces, su destino es la crucifixión, la quema o el genocidio.

La familia asadiana ha logrado transformar los lemas políticos en una bayeta y el lenguaje en un acertijo. El diccionario del anti-imperialismo y la resistencia que importó del Irán de los Ayatollah no ha logrado salvarlo de la demencia de su lenguaje. Sino que lo más probable es que haya logrado asesinar el lenguaje de sus aliados islamistas iraníes y convertirlo en una sección más del lenguaje sectario y doctrinal que nunca ha sido más que un instrumento para embrutecer y asesinar a las sociedades del Bilad al-Sham.

El fenómeno de coreización solo lo percibió el difunto cineasta Omar Amiralay en su película “Diluvio en el país del Baaz”, pero se mantuvo como una observación efímera a  la que no prestaron atención los expertos occidentales del orientalismo que hoy disfrutan con el escenario de sangre derramada en Siria y saborean el foso de silencio que asedia a la tragedia siria.

Hasta ahora no he redactado mi definición de silencio. ¿Podemos  definir el silencio si no es mediante el silencio? Los sirios y sirias no solo se enfrentan a su muerte, sino a los muros de silencio que los rodean. Son “las traiciones del lenguaje”, como escribió Faraj Bayraqdar desde su infierno en la prisión de Tadmor (Palmyra), la traición del lenguaje que amenaza con convertirse en traiciones del silencio [1].

La pregunta es cómo romper el silencio impuesto al sufrimiento de los sirios y las sirias y cómo recuperar el lenguaje en un mundo al que ya no le interesan los valores de los Derechos Humanos. Bueno, no es así del todo. No es cierto que a Occidente no le importen los derechos Humanos ni la dignidad, pero no le interesan en nuestros países, o al menos le dan igual. Esa es la realidad. Nos sacó de su interés y recuperó los supuestos antiguos sobre nuestro barbarismo. Y hoy trata a nuestros muertos como un hecho virtual que transmiten las redes sociales, como si fuera un largometraje de masoquismo.

¿Es cierto que nos han sacado de la familia de las naciones y nos han lanzado al acantilado de la historia cruenta, o que somos víctimas del juego de la lucha internacional a la que no le importa nuestro destino, sino que repara las hernias del débil imperialismo estadounidense y compensan al ruso que ya no tiene más que una presencia simbólica?

Corea del Norte conserva su régimen dictatorial al que nublan la hambruna y la miseria porque es el muro de separación entre estadounidenses y chinos, y nadie se atreve a alterar dicha separación porque puede llevar a la guerra. Siria continúa con la tragedia de su destrucción porque es el punto de cruce entre dos imperios impedidos que han hecho de ella un laboratorio de la muerte.

No dirijo la pregunta a nadie, porque es nuestra pregunta y nosotros somos quienes debemos reinventar el lenguaje de la ciudadanía activa y de los derechos, antes de que nuestro lenguaje se extinga y nuestras almas desaparezcan. Por ello, Homs sigue.

La ciudad de la piedra negra y los corazones blancos, la ciudad que se burló de los mogoles y de Timurlán, anuncia que se mantendrá como símbolo mientras espera que recuperemos nuestra capacidad de crear símbolos, y como símbolo de la dignidad mientras espera que recuperemos el lenguaje de nuestra dignidad de entre el lodo del hambre, el miedo y la muerte.

Un saludo a Homs.

[1] Se refiere a la obra titulada “Traiciones del lenguaje y el silencio” del escritor sirio (alauí, por cierto) opositor que pasó años en las cárceles de Asad.

jueves, 13 de febrero de 2014

Regreso a Haifa

Testo original: Facebook

Autor: Oussama Mohammed

Fecha: 13/02/2014



Homs sale de Homs del mismo modo que Haifa salió de Haifa. Homs ha salido de Homs y Wi’am ha dejado su sitio. No ha guardado las llaves, pues esta es más pobre que aquella tragedia.

“Hoy ni todo Homs ha sido capaz de contener las lágrimas de Wi’am”. Así lo describía Basel, que tomó una instantánea a solo unos suspiros de ella. “Despedía a los que se marchaban, y lloraba, lloraba, lloraba… Hasta que se le cortó la respiración y se puso a toser”.

Basel publicó la imagen de Wi’am y de los que se marchaban, y contó la historia.

Cuando Wi’am se despierte en la Homs destruida y desangelada y respire, le reprenderá por contar detalles insignificantes mientras acontece la mayor desgracia homsí de esta era. Todos los sirios valientes se han visto afectados por este síndrome de la civilización, y solo se piden ser tiernos.

Homs no ha sido lo suficientemente amplia para contener las lágrimas de Wi’am, pues su llanto no es otro que el diluvio del tiempo: del pasado, de este instante, del futuro, y del tiempo de la justicia. Wi’am, sí, el tiempo de la justicia. Ese día en que el tiempo será consciente de que la humanidad no merecía ver la salida de los habitantes de Homs, la salida de una muerte injusta, un asedio criminal y un bombardeo asesino.

Wi’am ve en sus lágrimas que la ciudad ha sido asesinada cada día, sometida a un dolor psicológico salvaje. Ve que los nobles habitantes de Homs fueron asediados, que se defendieron y que entraron de la mano de la muerte al arbitrio de la ruleta rusa. Ve que esas familias que salieron a las calles cantando a la paz, la justicia y la libertad son hoy expulsadas de esas mismas calles, desapareciendo al final como la angustia. Y ahora, ahora, los echan de sus casas, de sus memorias, hacia un nuevo cuartel de confinamiento existencial de fronteras oscuras. Y así es como salieron los habitantes de Haifa de Haifa: la muerte los asedió y los lanzó a un bote salvavidas.

¿Qué muro de separación erigido con el cemento del racismo rancio, el clasismo podrido, el nacionalismo corrupto, la superioridad terrenal y la política torpe consiente este castigo colectivo? 

¿Qué muro de separación es este –que no es otro que el mundo entero-, que asedia la historia de los habitantes originarios y su belleza con política? ¿Qué muro criminal es este que necesita mil martillos para ver que la gente de Homs, esos por los que llora Wi’am, son seres humanos sometidos a un castigo colectivo, y que el castigo colectivo es una cultura demente y criminal? ¿Y para ver que esas mujeres y niños son seres humanos, sentimientos, amor y dignidad, a los que ha engañado el mundo déspota, insinuando que les devolvían los derechos que se les han arrebatado para crear con ellos una historia trucada sobre la naturaleza del despotismo, el despotismo que ha destruido una vida que aquí se hallaba desde el nacimiento de la patria?