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domingo, 26 de abril de 2015

La guerra abstracta y sus víctimas inocentes



Texto original: Al-Jumhuriyya

Autor: Yassin Swehat

Fecha: 17/04/2015 




Tres imágenes 

A finales del pasado mes de marzo, las redes sociales, y después los medios árabes y occidentales, compartieron con profusión la imagen de la niña siria refugiada en el campamento de Atmeh que levantó sus manos asustada y en señal de rendición al ver el objetivo de una cámara, que pensó que era un arma, apuntándole. La imagen no era nueva –teniendo en cuenta los tiempos de internet y la velocidad con que se transmiten las noticias e imágenes- pues el fotógrafo turco Osman Sağırlı la había tomado unos cinco meses antes [1]. Sin embargo, se hizo viral hace unos días, después de que la fotógrafa y periodista palestina Nadia Abu Shaban la compartiera en su cuenta de Twitter [2].

Unos días después de que se difundiera la imagen de Osman Sağırlı, Rene Schulthoff, que trabaja en la Cruz Roja Internacional, publicó otra imagen tomada el pasado otoño [3], en el campamento de refugiados de Zatari en Jordania. En ella se ve también una niña que levanta las manos, rindiéndose ante la cámara. La imagen de Schulthoff se une a la anterior, convirtiéndose ambas en anexos visuales de un gran número de textos y tuits solidarios con los niños de Siria, y que llaman a que se les salve de la desgracia de la guerra en su país.

La semana pasada, el periódico británico The Guardian, escogió una imagen de Siria para su sección “Fotos de la semana” [4]. Esta imagen, tomada por Abdalrhman Ismail en Alepo para Reuters, muestra dos niñas con la cara y el pelo cubiertos de polvo, que se cogen de la mano, después  de ser rescatadas de los escombros provocados por los bombardeos de la aviación siria sobre los barrios liberados de Alepo. El rostro de una de ellas deja ver con claridad la estupefacción ante lo que sucede y la incapacidad de comprenderlo; la otra parece que se ha empezado a dar cuenta, relativamente, de lo que les ha sucedido, y lagrimas de terror comienzan a caer por su rostro lleno de polvo.

Las tres imágenes se han usado con profusión en los últimos días en los textos y tuits que piden que se proteja a los niños sirios de la tragedia de la guerra que se desarrolla en su país, aunque no se trata de las primeras imágenes de niños sirios que se publican, ni se trata de una excepción que se utilicen en las llamadas a la protección de los niños. También se observa que las fotografías más difundidas en los medios y redes sociales no son las más crueles que se toman en Siria, sino que las más mediáticas son las que no tienen sangre ni restos humanos. De hecho, se muestran aquellas que indican un “final feliz” (teniendo en cuenta las limitaciones del contexto), como niños rescatados vivos bajo los escombros, o niños que ya no están en peligro de muerte directo, como en los campamentos de refugiados. 

La guerra civil 

Hace un año o más, era habitual encontrar en los textos escritos por sirios dudas acerca de si lo que vivía Siria era una guerra civil o no, dando lugar a una amplia gama de posturas. Había quien rechazaba el término rotundamente; también había quien reconocía el término, pero insistía en que esta guerra civil era la respuesta del régimen a la revolución popular en su contra; por otra parte, estaba quien se aferraba a la palabra revolución a pesar de existir rasgos claros de guerra civil en el país; y finalmente, había quien consideraba que Siria vivía una guerra sin más, y que esta guerra había abortado la revolución.
Hoy apenas quedan vestigios de esa discusión, y no queda claro si se llegó a un acuerdo antes de que se extinguiera. Quizá, ya no había necesidad de detenerse en los términos y cundía una especie de desesperación al intentar llamar a las cosas por su nombre, quizá porque lo que vivimos se escapa de los términos y denominaciones que manejamos.

En otro orden de cosas, sigue notándose una cierta alergia al uso del concepto de guerra civil para referirse a lo que sucede en Siria. Este término apenas es usado por los sirios, no solo por los que se aferran a la denominación de “revolución siria”, sino también en los sectores menos politizados, o incluso entre los partidarios del régimen. Es raro escuchar el concepto de “guerra civil”, y es más habitual el recurso a términos como “la crisis”, “los sucesos”, o incluso “la guerra” sin adjetivos.

Existe una especie de consenso en no querer utilizar el término “guerra civil” para referirse a Siria, cerca del cual me sitúo.  Esta falta de voluntad no nace del hecho de que de veras no se piense que haya una guerra civil en Siria, pues los sirios se enfrentan a otros sirios en distintas organizaciones combatientes que además tienen claras diferencias en torno a los conceptos e ideas que se refieren a Siria, sino que nace, tal vez, del hecho de que se ha superado esa división tan clara y nos encontramos en una dispersión irresoluble. Aquí, lejos de los parlamentos en relación a la “guerra civil”, hay una resistencia a la lógica de algunos sectores políticos e intelectuales (locales, regionales e internacionales) que se posicionaron demasiado rápido a favor de la versión de la guerra civil, al considerarla la opción fácil para salir de la “no postura”, bien equiparando a las partes, o bien, desentendiéndose verbalmente de ellos. En efecto, existe una posición implícita en la “no postura” verbal, pues equiparar a dos partes desiguales en fuerza o capacidad en una guerra supone ponerse de parte del más fuerte.

En el nivel de la política internacional, la adopción total del término guerra civil supuso traspasar la línea de la provocación, para llegar a un elevado grado de mezquindad. Es cierto que el uso de “guerra civil siria” comenzó a estar presente con el inicio de la acción armada contraria al régimen, pero la adopción definitiva por parte de la comunidad internacional del término “guerra civil” para aproximarse a la crisis siria, estuvo ligado a la masacre química en Al-Ghoutta, Damasco. En ese momento, el acuerdo ruso-estadounidense de retirada del arsenal químico del régimen sirio fue camuflado con la cortina de humo de una “conferencia de paz” entre las partes sirias, una conferencia que se supone que tuvo lugar en Ginebra a principios de 2014. Ya no existía un régimen dictatorial y criminal que hacía la guerra contra los sectores populares alzados en su contra, y por tanto, posicionarse en su contra era un tema ético antes que político. Más aún, había una “guerra civil” con varias “partes” implicadas y el papel de la comunidad internacional era lograr un “compromiso” haciendo que dichas “partes” se sentaran a la “mesa de negociación”, lo que significaba que estas “partes” eran iguales en representación y responsabilidad política. Es decir, que Asad había pasado de ser un criminal contra el pueblo sirio, que no merecía otro futuro que un enjuiciamiento, internacional o local, a una parte en la guerra civil, igual de malo que sus “rivales políticos”, y por tanto, había que presionar a aquel y a estos para lograr un compromiso.

La consagración de esta versión no solo ha llevado a que lo que sucede deje de llamarse levantamiento de los sirios empobrecidos, marginados y oprimidos contra el régimen criminal y responsable de su empobrecimiento para pasar a llamarse enfrentamiento armado entre el régimen y “la oposición”, sino que además se ha reescrito la historia de los últimos cinco años con una perspectiva reduccionista. Esto último se ha visto con especial claridad desde el pasado mes, cuando las piezas periodísticas [5] y los comunicados de las asociaciones humanitarias y de derechos humanos repitieron con profusión que “la guerra civil siria entra en su quinto año”.

En Siria hay una guerra civil, o quizá algo peor, pero esta guerra no comenzó a mediados de marzo de 2011. Ni siquiera quien nunca ha reconocido que hubiera una revolución puede decir eso. Tal vez tengamos que esperar a que vengan los historiadores a preguntarse por el momento en que empezó la guerra civil en Siria, con la esperanza de que sean más fidedignos que los escritores de comunicados de los órganos de la ONU.

Cabe decir, tras aclarar de forma implícita mi preferencia por no utilizar el término “guerra civil”, que este concepto es más fidedigno con diferencia, que otros como “guerra por delegación o proxy war”, o “la guerra de otros en nuestro territorio”. En la historia moderna y contemporánea, ninguna guerra civil se ha librado de polarizaciones regionales e internacionales en relación a ella, y de la influencia exterior en las dinámicas de la lucha y sus resultados. En toda guerra civil hay una “guerra por delegación” implícita. Pero hablar de una “guerra por delegación” o “guerra de otros en nuestro territorio” supone deshacerse falsamente de toda responsabilidad, además de menospreciar los factores internos que llevaron a la lucha. Por último, supone alejar la responsabilidad más allá de unas fronteras que ya ni siquiera están en pie. 

La guerra 

La guerra es, sin duda, algo terrible, y esa es la esencia de la lógica pacifista y el pensamiento antibélico. Esta idea goza del consenso humano y se asemeja una tautología, hasta el punto de que muchos portadores de armas en distintas partes del mundo podrían estar de acuerdo con ella. Es lógico y sano que el discurso antibelicista sea fuerte, y se pide, de hecho, que sea el más fuerte: la humanidad ha sufrido suficiente a lo largo de la historia las miserias de la guerra, como para hacerse convencido de que este camino para lograr los objetivos debe cerrarse para siempre, y que las diferencias y rivalidades han de dirimirse por medios políticos pacíficos. No hay divergencia en estos conceptos, como es natural.

Es común encontrar, en el discurso antibelicista, intentos de búsqueda de un camino fácil o directo para condenar la guerra; es decir, deshaciéndose de y rechazando toda forma de pensamiento lógico sobre la misma, y absteniéndose de analizarla e investigar sus causas, sus perspectivas y la naturaleza de los que se enfrentan, sus razones y sus medios, así como las diferencias cuantitativas y cualitativas entre la responsabilidad que cada uno tiene en la lucha y sus resultados. La guerra es un concepto abstracto, no lógico, reducido a una imagen caricaturesca, superficial y miserable. La guerra tiene una entidad propia, no pertenece al mundo en que vivimos, y no nace de sus condiciones ni trata con ellas, sino que posee voluntad, siente deseos y aparece y actúa según sus maléficos caprichos: mata aquí, destruye allí y desplaza aquí y allá.
La guerra, según este discurso, es una desgracia, como los huracanes, los terremotos o las inundaciones, pero no es resultado de factores naturales terrestres como un terremoto. Al contrario, la guerra proviene de la naturaleza malvada del ser humano: el ser humano es un malvado belicista, que deja salir su maldad llevando armas y matando, y tanto mal conlleva desgracias para los humanos que no son malos. 

La guerra es igual de clara que malvada y no tiene complicación alguna que merezca ser analizada. No hay política en la guerra, sino que la política se rechaza como se rechaza la guerra. No se buscan las causas de la guerra ni la sucesión de eventos, ni sus líneas gráficas, como –por supuesto- no se discute el grado de responsabilidad, ni las diferencias cualitativas y cuantitativas entre los beligerantes. Todos los que luchan, como la guerra, son malos. No me interesa quién empezó, todos han de ser castigados, como dice la madre enfadada a sus hijos que se pelean por un trozo de pastel o por un juego.

Apartarse de un pensamiento más complejo que el juicio de valor abstracto tiene una ventaja para un importante sector de los pacifistas: reconocer que la complejidad de la guerra puede llevar a comprenderla, o justificar algunos aspectos de la misma, o incluso hacer temblar la firmeza con que se rechaza el uso de la violencia como una solución a las diferencias. En la abstracción y descripción absoluta de la guerra como algo malvado, y en el alejamiento de todo análisis de sus detalles, se trasluce un sentimiento de firmeza y solidez innegociables en relación a lo que se considera una postura ética. Siendo realistas, se trata también de una pereza ética y de pensamiento entre los que, con buenas intenciones, defienden este discurso, además de una disolución de responsabilidades y una licuefacción de la realidad en la maldad. 

Las víctimas 

La guerra es “demente”, de la misma manera que sus víctimas son “inocentes”. A veces parece que no basta con decir “víctima”, con la injusticia sufrida que conlleva la palabra, sino que es preciso añadirle el calificativo de inocente.

La víctima inocente de la guerra malvada abstracta es la víctima negativa. Las víctimas de la guerra son totalmente independientes de la misma en pensamiento, linaje, identidad y juicio, pues la guerra y los que luchan vienen de otro planeta, y poseen una naturaleza diferente, y lo que hacen es traer su desgracia a las víctimas inocentes. Debe de quedar claro que la víctima no ha participado en la “espiral de violencia” y que no está de parte de ninguna de las partes enfrentadas. Así, es difícil, por ejemplo, hablar de los adultos como víctimas inocentes, si no es como padres de niños que sufren las desgracias de la demente guerra. También sucede que, cuando se bombardea una zona residencial, todas las víctimas son “civiles”, como si la presencia de los no civiles justificara el bombardeo, o los objetivos del bombardeo fueran responsables del mismo.

Estas palabras no se aplican solo a quienes han muerto en la guerra, sino también a quienes se han visto obligados a refugiarse lejos de sus casas. El pensamiento y el discurso sobre ellos se reducen, en la mayoría de casos, al hecho de que se mantienen vivos; es decir, a términos meramente humanitarios. No se puede pensar, por ejemplo, que la sociedad de los refugiados es la misma que la de los combatientes, con todo lo que conlleva dicha realidad. Abstraer la guerra lleva a considerar a los refugiados como un bloque sordo, mudo y negativo, homogéneo en su aislamiento de lo que sucede en su país. En esta perspectiva humanitaria, hay un importante componente de alienación. 

Las víctimas de Daesh 

Se observa, en la forma en que los medios occidentales siguen los hechos, que las víctimas de Daesh no se incluyen entre las víctimas de la “espiral de violencia” en Siria. Puede parecer, a primera vista, que esto se debe a que la opinión pública occidental ve en Daesh un enemigo, mientras que “las partes beligerantes” en Siria son partes de personas malas que se matan entre sí como locos. No cabe duda de que esta razón no es la única.  

Daesh no acepta que sus víctimas sean meras “víctimas de guerra”, porque es muy celoso de sus “víctimas”… Deben morir, o ser insultados, o ser desplazados, pero deben morir, y ser insultados y desplazados como quiere Daesh, y que el mundo las vea como quiere que las vea. La cuestión aquí no solo tiene que ver con el salvajismo, pues el régimen ha matado solo con barriles explosivos -que han reducido a polvo barrios, ciudades y municipios- más del doble de los que ha matado Daesh. Sin embargo, la cabeza del régimen niega en los medios, con desfachatez, que se hayan usado barriles explosivos. Da igual si uno se cree lo que dice o no, o si uno cree que alguien lo cree o no. Su negación implica que no trae a colación su uso en el discurso ni se jacta de ello. Frente a ello, Daesh graba las ejecuciones desde tres, cuatro, o hasta cinco ángulos, y pone en marcha toda su técnica para evitar que se borren sus producciones “mediáticas” en las redes sociales o servidores de vídeo en internet.

Salvando eso, al hablar de las “víctimas de guerra” dentro de la lógica de la guerra abstracta, hay un gran componente de rechazo a la política, al adoptarse la pura y simple valoración moralista como único método de discurso. Daesh se rebela contra la política hasta el punto de que incluso la lógica contraria a la política no sirve con él. 

Los niños como víctimas ejemplares 

En el hecho de centrarse en los niños como víctimas ejemplares de la guerra abstracta, se trasluce un cierto descanso resultado de la certeza de que los niños son víctimas indiscutibles. Por el contrario, si se habla de adultos, especialmente los varones, puede caerse en la duda de si son víctimas totalmente “inocentes” o no. El niño es “una realidad absoluta” en este ámbito, en el sentido de que los niños no pueden ser parte de la lucha, ya sea política o militar. Un niño con la cara cubierta de polvo que se ha salvado de milagro del bombardeo aéreo es una víctima inocente, pero alguien que muere bajo tortura, por ejemplo, no es igual, porque no está clara su “inocencia”. La imagen de ese niño puede dar la vuelta al mundo en unos minutos, mientras que los mismos medios ignorarán la noticia de más de diez mil mártires bajo tortura solo en Damasco. El niño es una víctima de la “espiral de violencia”, mientras que no puede asegurarse que quien ha muerto bajo tortura no fuera parte de dicha “espiral” de un modo u otro.

Puede que mis palabras parezcan prejuiciosas o faltas de la empatía obligada con los niños, como víctimas más débiles, o poco comprensivas con el estrés emocional –legítimo- que conlleva la imagen de un niño sufriendo, en comparación con el sufrimiento de un adulto. El hecho de existir una compenetración mayor con el sufrimiento del niño no tiene nada de malo, obviamente, pero que la imagen del niño monopolice los sentimientos no sirve de nada, ni a los niños ni a los demás: toda solución parcial procurará la salvación de los niños sirios sin “salvar” a sus familias, y ¿cómo se “salva” a la familia de los niños sin “salvar” sus sociedades en conjunto? ¿Cómo se puede pensar en ello sin desgranar los problemas? ¿Cómo se analiza el problema si no se abandona la abstracción del concepto de guerra mala, que ocupa una gran parte del discurso antibelicista, ese que se abstiene de investigar el desarrollo gráfico de la guerra y repartir responsabilidades cualitativa y cuantitativamente? 

[1] Véase el link.
[2] Véase en este enlace.
[3] Disponible aquí.
[4] Aquí puede verse toda la galería.
[5] Véase un ejemplo.

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